Ea, pues aquí estaban las dos columnas que faltaban. Coronadas por Hércules y Julio César, a saber, fundador mítico de la ciudad el primero y restaurador de facto el segundo, y por adaptación popular llamados ‘los hércules’. Que te zurzan Julio, así somos…
Alzadas en 1574 por Francisco Zapata, Conde de Barajas como ‘puerta’ triunfal de entrada al recién urbanizado recinto. Urbanización que en este caso supuso desecación del brazo de río que llegaba hasta lo que conocemos (ahora y entonces) como barrio del Arenal. Es curioso como, no sé si consciente o inconscientemente, esas fuentes de agua pulverizada que se instalaron tras la última reforma del paseo hacen un guiño a la condición ‘lacustre’ de la zona.
Pero toda esta ruina y maldición ‘alamedera’ la veremos con más detalle en el artículo dedicado a la Casa de las Sirenas, jugosísima historia…
En los pedestales de ambas columnas encontramos glosada la historia de este proceso urbanístico promovido por el citado Conde de Barajas, que ostentaba el cargo de Asistente de Sevilla durante el reinado de Felipe II. De nuevo se repite la parábola sevillana en la que vemos a un personaje foráneo metido de lleno en las obras de reestructuración y mantenimiento de la ciudad y que acaba adhiriéndose a una ‘magnísima opera’ hasta identificarse con ella. Cenotafios, tumbas huecas.
En cuanto a la autoría de las efigies, tenemos que hablar del genial Diego Pesquera, seguidor de los maestros italianos del quinientos y autor asimismo de la estatua de Mercurio que decora la fuente junto al edificio del Banco de España en la Plaza de San Francisco,
El Hércules es una copia del ‘Hércules Farnesio‘, desenterrado en aquellos años durante las excavaciones de las Termas de Caracalla.
Y aquí vienen un par de detallitos curiosos que casi todos pasan por alto. Menos don José María de Mena, por supuesto. Resulta que si andamos un poco en dirección a la Campana por la calle Amor de Dios, y alzamos un poco la vista en la primera bocacalle peatonal a mano izquierda (calle Morgado), nos encontramos dos hornacinas. ¿Y qué guardan? Pues, según Santiago Montoto, dos mini-bocetos de las esculturas. Dificil saberlo, porque están bastante deterioradas, pero ahí queda el dato. Y por si alguien lo dudaba, estos dos argamboys de mármol son conocidos como ‘los Herculitos’. Ahí es ná.
Por otro lado, si tenemos una imagen de la Alameda antes de la actual reforma, recordaremos que una cancela que rodeaba las bases de las dos columnas. La primera versión de este dispositivo ‘antivandálico’ se coloca en 1876.
Pues bien, como curiosidad final, un dato encontrado en otro libro de Mena: en 1920, a la muerte del torero Joselito el Gallo, la multitudinaria comitiva fúnebre arrancó estas verjas para hacer pasar el cadáver del maestro entre los Hércules, a modo de triunfo. El tope de gama del homenaje que te puede rendir una ciudad, vaya. Así somos, Julito…

























